Cómo vincularnos de manera sana con nuestros hijos

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Cómo vincularnos de manera sana con nuestros hijos

Todos los mamíferos nacemos con la necesidad de vincularnos con nuestros cuidadores principales. Ahora bien, que la vinculación sea una necesidad básica para el mamífero no quiere decir que los progenitores siempre lo hagamos bien. A veces no nos vinculamos bien con nuestros hijos, bien por no darle la suficiente importancia o bien por no tener habilidades o recursos para hacerlo suficientemente bien.

En el conocido estudio del still face, de Edward Tronick, podemos comprobar lo angustiante y desconcertante que es que la madre, generalmente la figura de apego principal, no sintonice con las necesidades afectivas del bebé y no responda a ellas. El niño comienza a llamar la atención de su madre, le grita y le exige que se conecte con él. Pero ella se muestra impasible, insensible ante sus necesidades. Llega un momento en que la situación es tan desgarradora y caótica para el niño que prefiere mirar para otro lado.

El ser humano es dependiente

Una de las conclusiones de esta investigación pone de relieve la importancia de que conectemos de manera sana con nuestros hijos. ¿Por qué es importante que conectemos y nos vinculemos con nuestros hijos? La respuesta es bien sencilla: los mamíferos nacemos muy inmaduros, “sin hacer”, lo que nos convierte en dependientes.

Dependemos de nuestros cuidadores principales para poder sobrevivir. Sin una persona que nos cuide y proteja, moriríamos. Por lo tanto, necesitamos que nuestros padres se vinculen con nosotros para poder sobrevivir. Sin su presencia y ayuda no sobreviviríamos. Esto es algo inherente a los mamíferos. El resto de animales, pensad por ejemplo en los reptiles, no necesitan de sus progenitores para poder sobrevivir. El ser humano es el mamífero que más inmaduro nace, lo que le convierte en el ser vivo más dependiente del planeta.

Solamente hay una manera de resolver la dependencia con la que venimos a este mundo: buenos tratos. Estamos muy acostumbrados a hablar de los malos tratos y sus terribles consecuencias, pero casi nadie habla de la necesidad de ser bien tratados. Solo superaremos la fase de la dependencia si nuestros cuidadores principales, generalmente los padres, son capaces de darnos buenos tratos.

Cubrir las necesidades emocionales de nuestros hijos

Una de las funciones principales de los padres consiste en cubrir las necesidades emocionales que presentan sus hijos. Cada vez que nuestro hijo siente miedo, rabia o celos, es nuestra función poder calmar, comprender y regular dicha emoción. Cada vez que cubrimos sus necesidades estamos siendo responsivos, es decir, estamos dando respuesta de manera contingente a su necesidad emocional.

Es importante que podamos diferenciar entre necesidades y deseos. La necesidad es vital para poder sobrevivir y tener un equilibrio psíquico, mientras que los deseos son caprichos o lujos que son legítimos, pero no son necesarios para la supervivencia. ¿Cómo podemos ser responsivos con nuestros hijos? ¿Qué requisitos son necesarios para cubrir las necesidades afectivas que presentan nuestros hijos?

Para poder atender sus necesidades debemos pasar por las cuatro siguientes fases:

  • Disponibilidad: que los padres estemos disponibles para nuestros hijos quiere decir que estemos físicamente presentes en donde ellos están. Si yo estoy trabajando y mi hijo está en el parque, no estoy disponible para él porque físicamente no estamos en el mismo sitio.
  • Accesibilidad: ahora bien, no es suficiente con estar físicamente en el mismo lugar donde está mi hijo (casa, parque, casa de sus abuelos, piscina, etc). En ocasiones, estamos con ellos pero estamos mirando el móvil, terminando un informe del trabajo, pensativos o preocupados por algún tema familiar. No es suficiente con estar físicamente con ellos, sino que necesitamos estar accesible para ellos. Metafóricamente hablando, necesitamos estar conectados a la wifi de nuestros hijos y en modo avión para el resto de cosas y tareas (preocupaciones, trabajo, tareas del hogar, etc).
  • Sintonización emocional: una vez que estamos disponibles y accesibles, estaremos en disposición de sintonizar con sus necesidades emocionales, o lo que es lo mismo, conectar con su tristeza, rabia, miedos, alegrías, etc. Si captamos su señal de wifi emocional estamos entendiendo y comprendiendo cómo se sienten. Es importante que sintonicemos con sus necesidades afectivas, no con las nuestras. A veces hacemos cosas por ellos que nos dan miedo a nosotros, no a ellos. Me gusta mucho la frase de Gila que decía: «Cuando mi madre tenía frío, me ponía un jersey por encima».
  • Responsividad: y la última fase del padre y de la madre que son capaces de cubrir las necesidades que tienen sus hijos es la responsividad. Ser responsivo implica atender de manera contingente y efectiva su desregulación emocional y sus necesidades. Si mi hijo tiene miedo, la solución no consiste en darle un abrigo ni un filete con patatas, sino en calmar y legitimar su miedo.

Lo que complica mucho más la ecuación es que cada uno de nuestros hijos tiene una manera diferente de alcanzar el equilibrio emocional. Por ejemplo, ante el miedo de nuestro hijo mayor puede ser efectivo el abrazo, sin embargo, el pequeño prefiere hablar sobre ello. Además, lo que hoy nos ha funcionado con nuestra hija, quizás mañana no le sirva. La responsividad implica que nos adaptemos a sus necesidades y la manera de cubrirlas. Podemos ver que cubrir las necesidades de los niños y adolescentes no es tarea sencilla.

Si nuestros hijos tienen un apego seguro, quiere decir que hemos sido capaces de identificar y cubrir, en su justa medida, las necesidades de tipo afectivo que han ido presentando a lo largo de su infancia y adolescencia. Ahora bien, ¿cuáles son las necesidades de contenido emocional que debemos cubrir los padres?

En realidad son bastantes, pero nos centraremos en dos de ellas: vinculación y autonomía. La vinculación es la capacidad que tenemos de conectar con sus emociones para darles protección, tranquilidad, seguridad y calma. Además de vincularnos con ellos es imprescindible que, a la vez, favorezcamos su autonomía. El apego seguro, como bien decía Mary Ainsworth, es el correcto equilibrio entre vinculación y autonomía. Tanto un exceso como un defecto en la vinculación o en la autonomía pueden generar apegos inseguros.

Cada vez que nuestros pequeños estén desregulados emocionalmente porque sienten miedo o rabia, debemos vincularnos con ellos de una manera sana. Aportarles tranquilidad, calma y legitimar sus emociones es algo imprescindible. Una vez que están en equilibrio y tranquilos es cuando podemos favorecer, sin agobiar, su autonomía, exploración y tranquilidad. La madre con apego seguro es aquella que es capaz de identificar (sintonización emocional) qué necesita su hijo en cada momento (vinculación o autonomía).

Veamos un ejemplo sencillo. Darío es un niño de 3 años que llega junto a sus padres a un parque nuevo donde no conoce a ningún niño. Es normal que Darío se encuentre algo desubicado, inquieto y que sienta vergüenza a la hora de relacionarse con los demás niños y niñas que ahí están jugando. En ese momento, lo que necesita Darío es que sus padres se vinculen con él, le tranquilicen y le permitan estar así. En definitiva, lo que necesita es vinculación, cariño, respeto y compresión. Si queremos que Darío se relacione y juegue con los niños del parque, debemos fomentar su autonomía y curiosidad, pero cuando esté tranquilo, no antes. Es importante no forzarle a que se distancie de nosotros si el niño no está preparado. Solo investigamos y saciamos nuestra curiosidad si previamente nos hemos sentido atendidos y hemos sido calmados. Poco a poco, Darío podrá entrar a jugar con el resto de amigos, pero debemos partir de la vinculación y el cariño para llegar a una autonomía sana.

Seguramente hayas entendido las claves para poder desarrollar un apego seguro en tus hijos, pero es probable que te estés preguntando de qué manera lo podemos desarrollar. A continuación enumero una serie de acciones sencillas que podemos llevar a cabo con nuestros hijos para fomentar un apego seguro:

  • Protege a tu hijo cuando lo necesite: si queremos que nuestros hijos se sientan seguros es imprescindible que se desarrollen en contextos de protección. Cuidado, hablamos de proteger a nuestros hijos, no de sobreprotegerles. La diferencia es bien grande.
  • Fomentar su autonomía: el ser humano es curioso por naturaleza. Todos los niños tienen un gran investigador dentro de ellos. Es importante que les permitamos curiosear, investigar y ser autónomos siempre y cuando no haya peligros y ellos tengan ganas de hacerlo. Recordad, no les forcéis a ser autónomos.
  • Aportar narrativas coherentes: cada vez que nuestro hijo se desregule emocionalmente, debemos explicarles lo que ha ocurrido, aunque antes hay que calmarles y tranquilizarles. Dar una explicación o narrativa coherente con lo que ha ocurrido es imprescindible para evitar confusiones y situaciones estresantes. Gritarles, desesperarnos y señalarles solo sirve para que construyan narrativas incompletas, incoherentes y limitantes. Algunas de las consecuencias de este tipo de narrativas son que nos tengan miedo y la baja autoestima.
  • Sintonización emocional: si queremos ayudar y entender a nuestros hijos, tenemos que sintonizar con sus emociones. Preguntarnos qué les pasa y por qué se sienten así puede ser una buena forma de comenzar. Recuerda que el proceso empático consiste en ponerse en sus zapatos pero asumiendo que son suyos, no nuestros.
  • Poner límites de forma sensible y respetuosa: tratar a nuestros hijos con cariño y respeto no implica dejarles hacer lo que quieran. Tenemos que establecer límites. Es la mejor manera de demostrarles nuestro cariño y respeto. Un “no” a tiempo es fundamental y un gran aprendizaje para ellos.
  • Empoderar y creer en ellos: nuestros hijos necesitan ser vistos y que confiemos en ellos. No consiste en decirles que son capaces de hacer y conseguir todo lo que se propongan (porque no es cierto), pero sí en animarles y confiar en ellos en las tareas que creamos que pueden alcanzar.
  • Ser predecibles y coherentes: para que seamos figuras de apego seguro es fundamental que seamos predecibles. En muchas ocasiones, la anticipación es el mejor recursos que podemos poner en marcha. Si sabemos que no les gusta ir al dentista, avisémosle con tiempo para que podamos trabajar la manera de enfrentarse a ese miedo.
  • Tómate muy en serio lo que dice y siente tu hijo: en ocasiones nos tomamos a guasa o no le damos la suficiente importancia a lo que nos expresa nuestro hijo. Tómate muy en serie lo que te dice. Lo que para nosotros puede ser algo insignificante o, incluso una tontería, para ellos puede ser un gran problema o un verdadero drama.

En definitiva, lo que mejor resume y recoge todo lo que he expuesto en este artículo es lo que se conoce como la mirada incondicional. Querer, amar y aceptar a nuestros hijos de manera incondicional es imprescindible. Tan imprescindible como difícil. Os animo a que lo practiquéis. Queremos a nuestros hijos por quiénes son, no por lo que hacen o lo que consiguen. Queremos a nuestros hijos independientemente de las notas que saquen en el colegio, si son más sociables o reservados, si tienen más o menos amigos y si nos facilitan o complican nuestra vida. Les podemos señalar alguna conducta que han hecho mal. Por supuesto. Pero por encima de todo eso les queremos y les aceptamos sin condicionantes.

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Sobre el autor

Rafa Guerrero
Rafa Guerrero
Rafa Guerrero es psicólogo y doctor en Educación. Director de Darwin Psicólogos. Autor de los libros “Educación emocional y apego. Pautas prácticas para gestionar las emociones en casa y en el aula” (2018), “Cuentos para el desarrollo emocional desde la teoría del apego” (2019) y “Cómo estimular el cerebro del niño” (2020).