«El imperio de lo emocional es peligroso» José Carlos Ruiz
«Educar requiere mucho esfuerzo, pero sus frutos duran toda la vida» José Carlos Ruiz

Tenemos que jugar más

Jugar es un derecho reconocido en el artículo 31 de la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas. Sin embargo, si leemos los siguientes datos, podemos pensar que a pesar de saberlo, no lo hemos interiorizado:

  • Solo el 10,3% de los niños menciona a sus madres y padres como compañeros habituales de juego.
  • Solo el 18,3% juega habitualmente en espacios exteriores, tales como parques y calles. El 75% juega en espacios interiores privados (domésticos).
  • No juegan a diario, sino cuando las actividades programadas durante la semana se lo permiten. Lo cual demuestra un abuso de las extraescolares.
  • En resumen: se detecta una pérdida progresiva de espacios y tiempos libres para el juego en la vida de los niños y niñas de las sociedades modernas.

Son datos de un estudio sobre el juego infantil elaborado por IKEA, UNICEF, la Universidad Complutense de Madrid y la fundación Ashoka, para el que han entrevistado a más de 1240 niños y niñas de entre 3 y 12 años en diferentes puntos de España.

Sobre esto reflexiona esta semana Leo Farache.

Tenemos que jugar más. ¿Empezamos hoy mismo?

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Sobre el autor

Leo Farache
Leo Farache
Nacido en Madrid, ya no cumplirá los 50 años (es de la añada del 63). Su vida profesional ha estado ligada al mundo de la comunicación, gestión, marketing. Ha dirigido algunas empresas y escrito dos libros (“Los diez pecados capitales del jefe” y “Gestionando adolescentes” Ejerce de profesor – lo ha sido de la Universidad Carlos III y de la UAM, actualmente da clases en ESAN (Lima) y ofrece conferencias – “una profesión que nos tenemos que tomar todos más en serio”. Es padre de tres hijos y ha encontrado en la educación su elemento. Quiere hacer lo posible por contribuir a mejorar la sociedad educativa. Da las gracias a Carmen por inspirarle en buscar nuevos rumbos para su vida, a Carmen (otra Carmen) por ayudarle en desarrollarlos y a su mujer, Virginia, por ser, entre otras muchas buenas cosas, tan generosa (“y aguantarme”)