¿Ha hecho bien Pablo Alborán saliendo del armario públicamente?

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¿Ha hecho bien Pablo Alborán saliendo del armario públicamente?

Ayer Pablo Alborán publicó en sus redes sociales un vídeo en el que confesaba: “Estoy aquí para deciros que soy homosexual”. La noticia recorrió el mundo, dada la fama internacional del cantante, y muchas fueron las voces que dieron su opinión al respecto.

La mayoría de ellas fueron de apoyo; otras, por el contrario, aprovecharon para demostrar su intolerancia y su odio. Sin embargo, también existe otra posición que enfrenta diversas ideas y que nos parece interesante plasmar en este artículo, pues la forma en que reflexionemos acerca de este tema y cómo lo tratemos con nuestros hijos e hijas influirá en la transmisión y adquisición de valores y conductas en los mismos.

Tres reflexiones sobre las declaraciones de Pablo Alborán

  • Por una parte, mucha gente se ha posicionado en el “esto no hacía falta”. Quienes apoyan esta posición la sustentan sobre el argumento de que vivimos en una sociedad lo suficientemente avanzada como para que la condición sexual de un cantante (o cualquier figura pública) no nos tenga que importar lo más mínimo.
  • Por otra parte, existe otra perspectiva que defiende la necesidad de que figuras públicas, que sirven de referentes para tantísimas personas en el mundo, visibilicen su condición para contribuir a la normalización entre la sociedad y la superación de viejos (e intolerantes) estigmas.
  • Y, no podemos olvidar, que a pesar de contar con muchísimos apoyos, también las redes sociales han vuelto a ser escenario de difusión del odio, la homofobia y la falta de respeto.

Estas tres reflexiones que podemos extraer se complementan a la perfección entre ellas. A pesar de los avances que han experimentado las sociedades en materia de igualdad y diversidad, la homofobia sigue estando presente en nuestro país y en el resto del mundo. Y una prueba, muy simple y que nos demuestra muy bien este caso, es que sigamos utilizando términos como “salir del armario”.

En una sociedad en la que ya se hubiera superado completamente la homofobia, no haría falta reservar un momento especialmente en la vida de nadie para anunciar a sus familiares y seres queridos que le gusta uno u otro o ambos sexos. De hecho, si lo pensamos al contrario nos parece hasta ridículo. Imaginaos:

  • Mamá, papá, abuelos: os he reunido aquí porque quiero contaros que soy heterosexual. Y aunque no lo aceptéis, me voy a casar y a tener hijos con la mujer a la que quiero, porque es mi decisión y no podéis interponeros.
  • El padre, nervioso, se lleva las manos a la cabeza: “¿Pero qué dices, hijo? ¿Hetero? ¿Eso quién te lo ha enseñado? Seguro que te lo han metido en la cabeza los amiguitos esos con los que te juntas tanto últimamente. Seguro que es una fase… ¿Pero tú has probado a estar con un hombre? Si no lo has probado, ¿cómo puedes saber que no te gusta?”.

Se nos escapa una sonrisa al leer estas líneas porque nuestro cerebro intenta imaginarse esta situación y la encuentra ridícula. ¿Por qué? Porque ser heterosexual, todavía, es la norma, lo normativo (que no lo normal). Entonces, volvemos al punto anterior: sí, ha habido avances en las sociedades, pero el odio que también ha provocado esta noticia no hace más que corroborar que la homosexualidad sigue sin ser completamente aceptada por una parte de la población.

Por eso, por mucho que nos gustaría que este tipo de noticias no fueran noticia, que Pablo Alborán no se sintiera más libre a raíz de dar a conocer su condición sexual, sino que siempre hubiera sentido esa libertad, la verdad es que siguen haciendo falta referentes, personas que usen su posición de visibilidad e influencia para normalizar aspectos que aún mucha gente no ha normalizado, para que nuestros hijos e hijas lo vean y entiendan que si se sienten como él, está genial. Y sino, también. La clave es tan sencilla como escueta: respeto. Sin embargo, parece que, aplicarla, no lo es tanto.

El binomio perfecto: la normalización y la educación sexual

En otro artículo que publicamos hace algún tiempo, os señalábamos pautas a seguir en el caso de que vuestro hijo o hija fuera homosexual o bisexual. Como indicaba el psicólogo Alberto Soler, el enfoque debería tener siempre como objetivo la normalización. Realmente, la educación que les demos a nuestros hijos e hijas no debe ir función de su sexualidad, pues a los niños y niñas heterosexuales hay que enseñarles de la misma manera que a los demás que todas las condiciones sexuales son respetables.

La homofobia, como nos comentaba la sexóloga Nayara Malnero, “cuando ocurre en los demás, conocemos, por desgracia, situaciones como agresiones, bullying o rechazos. Cuando ocurre en uno mismo se llama homofobia interiorizada y se da cuando una persona no vive su homosexualidad de forma satisfactoria”.

Ante la homofobia, el gran problema que podemos sufrir si nuestro hijo o hija es homosexual o bisexual, la educación sexual es fundamental: “La educación sexual debe ser algo esencial desde pequeñitos. Educar en sexualidad incluye educar en valores, igualdad, diversidad, etc. Con ello quiero decir que es básico enseñarles a nuestros hijos que lo importante es quererse, independientemente del sexo de las parejas y de la forma de las familias”, apunta Nayara Malnero. Así como también “trabajar la autoestima, la auto-aceptación y la seguridad en uno mismo”.

Por lo tanto, para combatir la homofobia y “vacunar” a nuestros hijos contra sus efectos, la normalización será el camino, y la educación sexual y afectiva la herramienta fundamental.

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Sobre el autor

Marina Borràs
Marina Borràs
Cuando era pequeña me sentaba a diez centímetros de la televisión para ver las noticias todas las mañanas antes de ir al cole. Cuando crecí un poco, se dieron cuenta de que la razón por la que me acercaba tanto al televisor era porque necesitaba gafas, aunque yo prefiero pensar que por aquel entonces ya había encontrado mi pasión: de mayor quería ser periodista. Y así fue. Estudié periodismo y comunicación política principalmente porque me apasiona escribir, siento la necesidad de hacer llegar a la gente temas que considero importantes y no consigo estar callada ni cuando duermo. Además, creo firmemente que el periodismo es educación y la educación es política, por eso entiendo estos tres ámbitos como piezas clave que deben ir entrelazadas para conseguir, entre todos, la mejora de nuestra sociedad.