Nuestras creencias nos pueden limitar como educadores

«Lo que aprendemos de nuestros hijos», por Carmen Guaita
Cuando los likes y los seguidores cubren las carencias emocionales de nuestros hijos

Nuestras creencias nos pueden limitar como educadores

No han pasado tanto años desde que, formalmente, la esclavitud fuera abolida. Hace menos de dos siglos se aprobó la Slavery Abolition Act. Muchas personas tenían como creencia, consideraban como normal, comprar a otro individuo para que trabajara en condiciones infrahumanas.

No han pasado tantos años desde que en España las mujeres votaron por primera vez, fue en 1931. Entonces hubieron voces discrepantes como la de la abogada y diputada republicana Victoria Kent, quien consideraba que “había que aplazar el voto de la mujer”. Antes había una creencia que la mujer no estaba preparada para votar.

No han pasado muchos años desde que la mujer puede abrir una cuenta corriente en España sin necesitar la autorización de su marido. Una gran parte de la sociedad creía que el sitio de la mujer era su casa, el cuidado de los niños, sus labores.

No han pasado muchos años desde que en Estados Unidos las mujeres negras pueden votar, lo hacen solo desde 1967. Los defensores de segregación racial tenían la creencia que los negros son una raza inferior.

Hay 70 países en el mundo que hoy criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo. Muchos de nosotros hemos crecido en un entorno en el que se creía que los homosexuales eran enfermos. Todavía hoy hay quienes lo siguen creyendo.

Muchas personas creyeron, dieron por buenas las normas que heredaron de sus padres y estos de sus abuelos y así progresivamente. Creo que no podemos acusarles de ser personas malas porque creyeran lo que se consideraba normal. Sí podemos, sin embargo, extraer algunos aprendizajes.

  • Hoy calificamos como abominable prácticas que otras culturas realizan y que forman parte de sus creencias. Por ejemplo, sin duda alguna a todos los que leemos este artículo nos parece ignominiosa la ablación. La valentía de personas de su propia cultura que desafían las creencias locales -así está ocurriendo en Sierra Leona, por ejemplo- y la educación (que no la invasión cultural) conseguirán que lo que hoy nos resulta tan atroz como incomprensible deje de suceder.
  • Aquellos que tienen creencias diferentes a las nuestras por bestiales que sean, no son bestias, son creyentes. Podemos combatir esas creencias con el poder de la Ley que las prohíbe y castiga a aquel que la pone en práctica (por ejemplo, en la legislación española hay unas cuantas leyes que combaten la discriminación, el odio, el racismo, la xenofobia entre otras creencias que hoy consideramos tan anacrónicas como detestables e injustas) y con la convicción de la educación que logra que las personas interioricemos nuevos valores que se ajustan más a una mejor convivencia humana, al verdadero progreso de la sociedad. En nuestro país hay creencias, costumbres que algunos consideramos horribles, retrogradas, pero no por ello podemos calificar despreciativamente a los que las ejercen mientras la Ley les ampare o no tengan la oportunidad de ser convencidos a través de la educación.
  • Lo que nosotros creemos quizás sea visto como algo detestable dentro de algunos años. Quizás lo que hoy vemos como normal sea una práctica incomprensible para aquellos que hagan una descripción de nuestro tiempo desde la perspectiva que otorga el análisis histórico.

Cuando se trata de creencias no podemos tener la certeza de qué es lo bueno. Podemos invitarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos a reflexionar sobre nuestras creencias, costumbres. Es probable que descubramos que costumbres que nos parecían universalmente buenas, hoy ya no sean tan importantes o quizás incluso hayan dejado de ser calificadas como buenas.

Entender que las creencias de otros no son el producto de la maldad sino de la herencia y que nuestras creencias son también susceptibles de ser cuestionadas hará que nosotros y nuestros hijos sepamos disfrutar más de la libertad y de vivir en una sociedad que pueda considerarse libre.

Spread the love

Sobre el autor

Leo Farache
Leo Farache
Nacido en Madrid, de la añada del 63. Su vida profesional ha estado ligada al mundo de la comunicación, gestión, marketing. Ha dirigido algunas empresas y escrito tres libros (“Los diez pecados capitales del jefe”, “Gestionando adolescentes”, “El arte de comunicar”). Ha ejercido de profesor - “una profesión que nos tenemos que tomar todos más en serio” – en la Universidad Carlos III, UAM y ESAN (Lima) en otras instituciones educativas. Es padre de tres hijos y ha encontrado en la educación su elemento. Fundó en 2014 la empresa Educar es todo desde donde opera la iniciativa Gestionando hijos que tiene como objetivo ofrecer ideas e inspiración educativa a madres y padres que quieren saber más para educar mejor.