No, señor, no todo el mundo lo ha hecho

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No, señor, no todo el mundo lo ha hecho

no todo el mundo lo ha hecho educar en igualdad

Hay miradas limitadas que producen pena, otras ternura, simpatía… y hay algunas que producen rechazo e indignación. Como la que hoy te propongo en este relato extraído de la vida real protagonizada por un padre. La mirada limitada es tan humana como imperfecta. Una mirada del mundo en la que creemos que lo que nosotros pasamos, pensamos, creemos debe pasarlo, pensarlo y creerlo todos los demás o una gran mayoría.

Que levante, por favor, la mano (para darle un premio) aquel que no ha dicho alguna vez “pues en mi época”, “la gente hace, piensa..”, “pues esto es lo normal”, “no hay nadie que piense así..”…

Juan José (todos los nombres son ficticios), un alumno de primero de Bachillerato, tocó durante el recreo el culo de su compañera Inés. Sí, le tocó el culo, se lo manoseó contra su voluntad, abusó de ella, la hizo sentir mal.  Inés le expresó su repudio, le hizo saber que su comportamiento era inaceptable (se lo hizo saber fuera de sí, a gritos…mientras algunas compañeras y compañeros se enfrentaban al acosador. Otros le defendían. “Si solo le ha tocado el culo”, decían)

El suceso llegó a oídos de los profesores, que decidieron convocar a una reunión. Con los datos recopilados, el Comité Disciplinario del colegio decidió expulsarlo durante cinco días que serían efectivos a partir del lunes siguiente. Juan José se excusaba en un tono que mostraba un escaso arrepentimiento. Parecía como si aquello, que estaba mal, a él no le pareciera tan mal. Incluso podría decirse que le parecía que había obrado bien, dentro de la “normalidad”.

El tutor, Merlí, fue el encargado de llamar a la casa de Juan José y comunicar la decisión del Comité y expresar el rechazo del colegio a este tipo de actitudes:

-No se consentirán. Si vuelve a cometer algún abuso más corre el riesgo de ser expulsado por mucho más tiempo o con una expulsión definitiva- le dijo el tutor literalmente a la madre que pedía – compungida- perdón en nombre de su hijo. – Le propongo que nos veamos para ver donde está el problema. Si pudiera venir con su marido creo que será mucho mejor- propuso el sabio tutor con cierta prudencia

-Hablaré con mi marido, él es un hombre muy ocupado pero estoy segura que está muy interesado en solventar este problema, por el bien de todos- respondió la madre.

Al día siguiente ya habían concertado una cita en el despacho del tutor,  sería el jueves a las 13.30.

Merlí expuso los hechos, explicando que habían sido contrastados con diferentes testigos y dio a conocer la postura del colegio:

-Somos inflexibles en esta materia y en alguna otra. Creemos que nuestros alumnos han recibido suficiente información y formación para saber comportarse- dijo.

Los padres se mostraron simpáticos desde el inicio de la conversación. El padre era especialmente dicharachero. Parecía que esta reunión, que el tutor pensaba que podría ser complicada, fuera a transitar por una plácida tranquilidad a pesar de lo duro que es aceptar la expulsión – aunque fuera temporal-.

Juan José, el padre – del mismo nombre que su hijo primogénito – se dirigió con una sonrisa al profesor:

-Sí, es indudable que para los tiempos que corren nuestro hijo no ha estado bien. Eso es la norma.., pero vamos a hablar de la realidad, si te parece bien- le dijo, tomando la iniciativa de tutear al profesor.

El padre se acercó más al profesor. Se notaba que era un hombre seguro, quizás acostumbrado a lidiar en reuniones importantes y, quizás, desacostumbrado a que las personas que le rodean no le dieran sistemáticamente la razón. Con la mano derecha y  la palma extendida golpeó cómplice el codo del profesor.

-Pero entre tú yo, Merlí, todos hemos tocado el culo en alguna ocasión a alguna chica, todo el mundo lo ha hecho. ¿O no?- le dijo, con sorna.

El tutor fijó unas décimas de segundo la mirada en su interlocutor. Ladeó su cabeza a la izquierda desde donde negó girando de un lado a otro:

-Yo no le he tocado jamás el culo a ninguna chica como dice usted. Me parece una grave falta de respeto. Fui educado por mis padres para que eso no ocurriera y lo tengo clarísimo. Y creo que no, señor, no todo el mundo lo ha hecho -le contestó con firmeza.

El padre separó rápidamente su cuerpo de la mesa y del profesor. En su cara había rigidez. Miró a su mujer, que parecía sentirse avergonzada de su marido, desencajada.

-Muy bien, don Merlí, pues nos vamos, no hay más que hablar. Vámonos- le dijo con tono grave a su mujer.

El tutor les acompañó a la puerta y sintió mucha pena por aquel chaval que ahora iba a pasar cuatro días en casa. Deseó que su padre tuviera mucho trabajo e incluso algún viaje que le llevara lejos de él. Ya entendía muchas más cosas sobre su alumno.

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el autor

Leo Farache
Leo Farache
Nacido en Madrid, ya no cumplirá los 50 años (es de la añada del 63). Su vida profesional ha estado ligada al mundo de la comunicación, gestión, marketing. Ha dirigido algunas empresas y escrito dos libros (“Los diez pecados capitales del jefe” y “Gestionando adolescentes” Ejerce de profesor – lo ha sido de la Universidad Carlos III y de la UAM, actualmente da clases en ESAN (Lima) y ofrece conferencias – “una profesión que nos tenemos que tomar todos más en serio”. Es padre de tres hijos y ha encontrado en la educación su elemento. Quiere hacer lo posible por contribuir a mejorar la sociedad educativa. Da las gracias a Carmen por inspirarle en buscar nuevos rumbos para su vida, a Carmen (otra Carmen) por ayudarle en desarrollarlos y a su mujer, Virginia, por ser, entre otras muchas buenas cosas, tan generosa (“y aguantarme”)

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