Pablo Romero: «Los jóvenes se empapan de contenidos online sin ser conscientes de que les están lavando el cerebro»

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Pablo Romero: «Los jóvenes se empapan de contenidos online sin ser conscientes de que les están lavando el cerebro»

Pablo Romero es el abogado que hay detrás del blog «Mi abogado de confianza«. Puede que hayáis leído en nuestro blog algún artículo escrito por él, como por ejemplo «Quiero que mi hijo tenga papitis» o «Educar desde la igualdad y el respeto», pero ahora, además, Pablo nos muestra otra de sus facetas: la de conferenciante.

Pablo Romero se encuentra ahora mismo inmerso en un proyecto que consiste en impartir charlas sobre los menores y los peligros de internet y las redes sociales. Hemos hablado con él para que nos cuente sobre qué va esta iniciativa y por qué es tan importante para las madres y padres.

¿Cómo nace la idea de impartir charlas sobre los peligros de internet y las redes sociales?

Me encanta la docencia, disfruto mucho explicándole cosas a la gente (por eso me gusta tanto mi profesión) Así que hace un año decidí retomar el proyecto de dar charlas en los colegios. La idea inicial era dar conferencias sobre la igualdad del hombre y la mujer, charla que daba años atrás. Pero una buena amiga profesora me habló de la necesidad de informar a los jóvenes sobre los peligros de internet. Y sencillamente me enamoró el proyecto, porque es un tema en el que, tanto adolescentes como adultos, estamos en pañales (y me encantan los retos).

Hablas de retos, ¿cómo ves la relación de los jóvenes con las nuevas tecnologías? ¿existe una dependencia?

Absorbente. Nuestros hijos son nativos de las nuevas tecnologías, han crecido con ellas y es su mundo. Es en dónde plasman sus alegrías y sus inquietudes, desarrollan sus relaciones de amistad, en definitiva, hacen su vida. De hecho, cuando (lo que para ellos es) un «viejuno» de 42 años como yo les da una charla sobre los peligros de internet, de primeras se ponen a la defensiva, porque sencillamente les estas “tocando las narices”.

Pensemos que, nada más levantarse encienden el móvil, y justo antes de dormirse, repaso a sus redes sociales. Están enganchadísimos (ojo, como los adultos). Un reciente estudio demuestra que pasan cerca de 3 horas al día en la red, que es una barbaridad. Ellos no se dan cuenta de su dependencia. Es más, siempre me la niegan. Entonces les hago la pregunta de con qué le amenazan sus padres si se portan mal. La respuesta suele ser unánime: “quitarles el móvil”, y ahí se percatan de que es lo que más les duele.

Imagínate si te dejas el móvil una mañana en tu casa y verás cómo te falta el aire hasta que vuelves (lo curioso es que, cuando regresas, te das cuenta que no te ha llamado nadie en todo el día). Pues esa sensación la tienen los menores multiplicada por mil, porque están en plena adolescencia (que como sabemos, es la única enfermedad que se cura con el tiempo). Tienen la necesidad de agradar a sus iguales, de obtener la aprobación de los demás, de socializar, y, en un alto porcentaje, todo esto lo hacen por internet.

Y lo peor de la red es que te neutraliza, te atrofia, porque te impide pensar. Los jóvenes, mientras navegan no reflexionan sobre sus problemas, sobre su vida. Simplemente “matan” el tiempo viendo vídeos de otros compañeros bailando o haciendo el “chorra”. En conclusión, no hacen nada productivo, no luchan por sus sueños, de hecho, ahora no saben ni cuáles son.

Y frente a esto yo les pongo el ejemplo de Cristiano Ronaldo. Muchos piensan que este señor tiene un don natural. Y sin poner en duda que pueda tener unos genes especiales, se sabe que Cristiano, de siempre, ha sido el primero que llegaba a entrenar muchas horas antes que el resto de sus compañeros (ver entrevista a Carlos Tevez cuando afirma que ya estaba en el gimnasio a las 7 de la mañana).

Es decir, si en vez de perder el tiempo, lo inviertes en cosas que te apasionen podrás llegar muy lejos (como aquellos a los que admiras). Y sin olvidar internet, pero poniéndole límites. Simplemente un horario diario para las redes sociales y a respetarlo, como algo sagrado. Y fuera de ese horario no se toca el móvil.

«Lo peor de la red es que te neutraliza, te atrofia, porque te impide pensar. Los jóvenes, mientras navegan no reflexionan sobre sus problemas, sobre su vida».

Como abogado, ¿tienes que lidiar con casos relacionados con el mal uso de las tecnologías en los jóvenes? ¿Has notado un aumento de estos casos en los últimos años?

Sí, lo más normal son los casos de ciberbullying. El compañero de clase que sube una foto de otro chico/a en una situación embarazosa por hacer la gracia, o abre un perfil de Facebook (o un grupo de WhatsApp) con el objetivo de ridiculizar a alguien. Luego hay temas puntuales mucho más graves.

Hay que pensar que las redes sociales nacieron apenas hace 10-15 años. Podríamos decir que nuestros hijos están pagando la novatada, porque es ahora cuando estamos aprendiendo a reaccionar ante sus riesgos. Y, claro, se aprende a base de errores. O lo que es lo mismo, son los jóvenes de ahora los que, con sus meteduras de pata, están abriendo el camino.

Y, como abogado, cuando tratas con el menor que se ha pasado de listo, cuando le preguntas que por qué lo ha hecho, es cuando te das cuenta de que no son conscientes del peligro que corren. Ellos piensan que internet no es real, es como un mundo paralelo, un simple juego. Y claro, se ponen a “jugar”, y el que juega con fuego se quema (y no es ninguna broma, que hablamos de delitos). Precisamente este fue el motivo por el que me gustó tanto la idea de dar esta charla.

Pones como ejemplo casos de acoso escolar, que es algo que nos preocupa bastante en la actualidad, sobre todo a las madres y padres. ¿Cómo ha cambiado con internet? ¿Qué medidas podemos tomar los padres para prevenirlas?

El ciberacoso es un tema de una gravedad tremenda. Pensemos que 7 de cada 10 jóvenes reconocen que alguna vez se han sentido ofendidos o directamente acosados por internet. Y es que internet ha conseguido que el acoso de toda la vida se vuelva directamente inhumano, insoportable, hasta el punto de que muchos menores se suicidan (no obstante, unos 350 jóvenes, por este y otros motivos, acaban con su vida al año en España, así que no son «cosas de niños», como algunos quieren hacer ver)

Pensad que cuando nosotros éramos jóvenes, la gente que sufría acoso lo padecía durante las horas del colegio, es decir, unas 6-8 horas al día. Esto ya era una bestialidad, pero al menos, al llegar a su casa, podían respirar.

Ahora el acoso dura 24 horas, sin interrupción. Porque el acosado, si enciende el móvil, por ejemplo, a las 9 de la noche, por mucho que esté en su casa, en su sofá, se va a encontrar un grupo de WhatsApp donde toda su clase se ríe de él. Pero es que la cosa no acaba ahí. No encender el móvil es casi peor tortura, porque, aunque tu no lo estés leyendo, aunque no estés conectado a internet, sabes que en ese preciso momento la gente se está mofando de ti en las redes sociales. Que existe una burla constante seas o no seas parte de ella. Y eso, sencillamente, es insufrible.

De hecho, yo en la charla, pongo el ejemplo de dos jóvenes que se suicidaron por acoso. Les pongo nombre y apellidos, les cuento su historia y les enseño fotos. Cuando los menores ven sus caras les impacta mucho.

Y como padres es vital estar atentos al menor de los síntomas. Y desde edades muy tempranas, que la media del acoso ya está entre los 10-11 años. En cuanto empecemos a notar síntomas de estrés o ansiedad, de no querer ir al cole, de tendencia al aislamiento, cuando vemos que comen menos, que baja el rendimiento escolar, aparición de capítulos de insomnio o vómitos, irritabilidad, etc., etc., por mínimo que sea, hay que empezar a preocuparse.

Además, en este tipo de situaciones, el tiempo de reacción es crucial. Si se detecta rápido, tiene una solución más sencilla que si ya es más tarde. Y el problema es que los menores tienden a sentir culpabilidad cuando sufren el acoso (encima de víctimas se sienten responsables de lo que les está sucediendo) por lo que su primera reacción es no contar nada por vergüenza. Y eso nos obliga ser nosotros los que tengamos que fijarnos y leer entre líneas.

Por cierto, en este punto en la charla incido mucho en la necesidad de tener autoestima, coger el toro por los cuernos y venirse arriba. Empiezo enseñando una nota real de suicidio, fácilmente localizable en internet, donde la menor dice «os habéis librado de mi» para que vean hasta qué punto el acosado se siente culpable. A partir de ahí, les hago ver que, si están sufriendo acoso, tienen que ser valientes y hacerles frente. De hecho, les cuento la historia de Conor Mcgregor, que tras sufrir acoso decidió apuntarse a artes marciales…llegando con el tiempo a campeón de la UFC.

Y como decía antes, le insisto en la importancia de avisar inmediatamente a sus padres o algún adulto para que adopten medidas. Muchos colegios están ya muy concienciados con este tema, y activan protocolos que facilitan las cosas.

¿Ha cambiado el concepto de privacidad que se tenía antes? ¿Dónde podemos poner la línea entre lo público y lo privado o íntimo en una época en la que todo se publica y exhibe?

Sí, sí que ha cambiado. Antes la gente era más celosa de su intimidad. Ahora existe una necesidad por contar las veces que vas al baño en las redes sociales (risas). Y en el caso de los menores la cosa se agrava. En primer lugar, por la necesidad de socializar de la que hablaba antes. Pero es que, además, en relación con la privacidad y los jóvenes se da una curiosidad: piensan que privacidad es no contarle nada a los mayores, pero en relación a sus iguales son libros abiertos.

Cuentan sus vidas en la red sin miramientos, porque mientras no tengamos a «los padres» agregados a las redes sociales no hay problema. Y no son conscientes de las consecuencias que eso les puede acarrear.

En la charla comento cómo, a día de hoy, la policía, cuando tiene que investigar un delito, investiga y bucea en las redes sociales del sospechoso. Y generalmente se descubre al culpable porque en internet lo “confiesan” todo.

Cuento una anécdota que me pasó como abogado: un colegio de Málaga acudió a Sierra Nevada en la Semana Blanca. Los alumnos se dividían en grupos en diferentes habitaciones. Pues bien, había una que era la de los “choricetes”. Estos se esperaron a que sus compañeros de la habitación de al lado se fueran a esquiar y le robaron toda la ropa (les dejaron solo los pijamas, que ya hay que tener mala idea).

¿Cómo los descubrieron? Muy sencillo. A partir de ese día en Facebook fueron subiendo fotos en los que, de vez en cuando, salían vistiendo la ropa robada. “No hay más preguntas, Señoría”.

Recuerdo que un alumno me dijo que ya había que ser tonto para subir fotos con la misma ropa que has robado. Le respondí que el problema no eran solo las fotos, es que, además, otras personas iban haciendo comentarios en los que “no decía nada y lo decían todo”, tipo: “¡Qué sudadera más chula! Me tienes que decir dónde la has comprado, jajjaj”.

El chico que me hizo la pregunta se quedó en silencio. Se dio cuenta que ya no es lo que tú subes o dices en internet. Es también lo que dicen los demás sobre ti, y esto ya sí que es incontrolable.

Otra cosa que les comento es que las empresas, a la hora de seleccionar al personal candidato a un puesto de trabajo, investigan también las redes sociales. Así que, si suben la típica foto donde salen borrachos, a modo de gracieta, sin darle importancia, que luego no se sorprendan si, dentro de unos años, les afecta negativamente cuando les valoren para un trabajo. Porque en la mayoría de las ocasiones, esa foto no se borra y queda ahí, solo es cuestión de tirar de (maldita) «hemeroteca».

Y, por supuesto, me centro mucho en la necesidad de no subir datos básicos a sus perfiles como dirección, colegio, número de móvil, etc.

Los jóvenes se encuentran en fase de formación, de madurez. Atendiendo a esta circunstancia, ¿qué otros peligros puede tener internet para ellos?

Esa es otra de las claves. En la red está todo: tanto lo bueno como lo malo. Todo. El problema es que hay cosas que a un adulto ya no le afectan tanto porque (se supone, que yo como abogado tengo mis dudas) tenemos ya la cabeza mínimamente amueblada.

Pero un menor de edad está formando su personalidad, comienzan a sentar las bases de la madurez. Poco a poco. Y ahí internet les puede hacer mucho daño, porque hay cientos de páginas que transmiten ideas falsas y manipulan al personal. Páginas que promueven la violencia, el racismo o la homofobia. Y los jóvenes se empapan de estos contenidos online sin ser conscientes de que les están lavando el cerebro. (Además, no olvidemos que, para ellos, todo lo «prohibido» tiene un encanto especial).

Otro dato: se calcula que hay 4 millones de páginas pornográficas en internet y que al 85 % de los jóvenes de entre 15 y 16 años le ha saltado involuntariamente algunos enlaces de este tipo. O todavía más preocupante el incremento en los últimos 10 años de un 470 % de los contenidos que fomentan de manera directa o indirecta estas actitudes (echad un vistazo a la youtuber Eugenia Cooney, por ejemplo).

«Hay 4 millones de páginas pornográficas en internet y que al 85 % de los jóvenes de entre 15 y 16 años le ha saltado involuntariamente algunos enlaces de este tipo».

Y todo esto sin mencionar las páginas que promueven las drogas o por ejemplo el juego. Es curioso cómo al preguntar en cada colegio “cuál es la casa de apuestas oficial del Real Madrid”, todos se saben la respuesta. Estamos normalizando, como si no tuviera mayor importancia, el acceso de los menores a los juegos de azar, como si la ludopatía fuera un cuento chino.

Hay dos palabras que se asocian mucho a los jóvenes con internet: el sexting y el grooming ¿nos puedes explicar qué es?

El sexting consiste básicamente en mandarle fotos a tu “noviete/novieta” subiditas de tono (con alto contenido sexual). Y cuando lo hacen cavan su propia tumba. El problema es que es una conducta tan aceptada que no se dan cuenta del riesgo. Uno de cada tres universitarios de Granada reconoce practicar el sexting.

Cuando hablamos de este tema siempre les digo que “un secreto es algo que solo cuentas a tu mejor amigo”, o lo que es lo mismo, que cuando mandas una foto tuya desnuda, al final la ve medio instituto.

Pero esto para el caso de que la relación funcione. Si no funciona y nuestros jóvenes tortolitos rompen (que a esas edades es lo más común), generalmente tienes a un miembro de la expareja resentida, con ganas de guerra, y con todas tus fotos «en bragas» (nunca mejor dicho) en su poder. Si quiere te puede destrozar la vida.

Yo les insisto en que es una cuestión de valorarse y hacerse respetar. No exponerse y si tu noviete te dice que «si de verdad me quieres, me enviarías una foto desnuda» mandarlo a paseo.

El grooming es cuando un adulto se hace pasar por un joven en internet creando un perfil falso donde pone una foto de un chico/a joven (generalmente muy guapos/as, con lo que la mayoría de los adolescentes pica el anzuelo). De esta manera busca entablar relaciones con menores que se piensan que están hablando con alguien de su edad. Generalmente a quien se pretende engañar es a chicas. Poco a poco se va ganando su confianza, hasta que consigue establecer un vínculo «especial». 

Ese es el momento en el que les pide una foto o un vídeo suyo, como en el sexting, subidito de tono, los menores caen como moscas y comienza el chantaje: te piden dinero (o más fotos, o, a lo mejor, quedar contigo en persona), para no hacer pública la foto y compartirla con todo el instituto.

Yo, en este punto, hablo del caso de Amanda Todd . Esta chica, en un videochat enseñó sus pechos a un «ciberamigo». Ahí empezó un chantaje y tortura que terminó con su suicidio con 15 años (que se hizo muy famoso por un vídeo que subió a Youtube antes de acabar con su vida). El error de Amanda Todd, que le recalco mucho a los menores, es pensar que enseñar un segundo los pechos en un video chat no tiene importancia, porque es solo un segundo, apenas un instante… Pero es que ese segundo se convierte en un «fotograma», en una imagen que si se sube a internet se hace eterno y nos acompañara toda la vida. Los alumnos suelen quedar muy impresionados cuando piensan en este detalle.

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Sobre el autor

Marina Borràs
Marina Borràs
Cuando era pequeña me sentaba a diez centímetros de la televisión para ver las noticias todas las mañanas antes de ir al cole. Cuando crecí un poco, se dieron cuenta de que la razón por la que me acercaba tanto al televisor era porque necesitaba gafas, aunque yo prefiero pensar que por aquel entonces ya había encontrado mi pasión: de mayor quería ser periodista. Y así fue. Estudié periodismo y comunicación política principalmente porque me apasiona escribir, siento la necesidad de hacer llegar a la gente temas que considero importantes y no consigo estar callada ni cuando duermo. Además, creo firmemente que el periodismo es educación y la educación es política, por eso entiendo estos tres ámbitos como piezas clave que deben ir entrelazadas para conseguir, entre todos, la mejora de nuestra sociedad.