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Educar a un estudiante brillante 2: Mi hijo es responsable y competente, es un estudiante autodidacta

El niño del tren

Hace apenas unos meses me pasó algo curioso en el tren que cogí dirección Madrid-Valencia que me hizo reflexionar. El trayecto era de aproximadamente dos horas, así que iba preparada para no aburrirme: un libro, auriculares para el móvil y el deseo de poder echar una pequeña siestecita durante el camino.

Me tocó sentarme en uno de los asientos para cuatro personas con mesa incluida. Me acompañaban una mujer de mediana edad junto a sus dos hijos, que tendrían entre 8 y 10 años. Al otro lado del pequeño pasillo del tren, un niño un poco más pequeño (sobre 4 años intuyo) viajaba con sus abuelos con un ímpetu y una energía envidiables para ser las 8:00h de la mañana -no como yo-.

Cuando llevábamos tan solo 10 minutos de trayecto, los gritos del niño de 4 años empezaron a desesperar a los allí presentes, yo incluida. Me puse los auriculares para intentar que el jaleo no interfiriera en mi descanso, pero ni con esas evitaba escucharle.

Miré hacia el niño varias veces, así como también lo hicieron prácticamente todas las personas del vagón. El pequeño estaba levantado encima de la mesa, jugando a batallas con sus juguetes, retransmitiendo todos los sonidos de cada uno de los personajes involucrados en su historia. La desesperación de los presentes iba en aumento, pero a sus familiares parecía no preocuparles en absoluto.

Kilómetros más adelante, el niño continuaba con sus juegos y sus gritos, mientras dos chicas que viajaban justo detrás de él, inexplicablemente, se habían quedado dormidas. El pequeño debió de pensar que era su oportunidad para ampliar su colección de juguetes, así que pasó por debajo de los asientos e interceptó el bolso de una de ellas. En ese momento empezó a volar su cartera, su paquete de pañuelos, el tabaco, unas llaves… Todo por el aire. Cuando la chica se dio cuenta, estalló su paciencia: “¡Quieren hacer que el niño se esté quietecito de una vez! ¡En este tren viajan más personas!”. Los abuelos del niño rieron y le quitaron hierro al asunto, ni siquiera le pidieron disculpas a la chica.

Probablemente las formas de esta chica no fueran las ideales. Es probable también que, aun así, la mayoría de los que presenciamos la escena agradeciéramos que alguien dijera lo que pensábamos. Pero… ¿qué podemos hacer en situaciones así? ¿La chica fue demasiado dura? ¿Los abuelos demasiado permisivos?

Cómo podemos evitar que nuestros hijos molesten a otras personas en sitios públicos

Este tema se puede abarcar desde distintas perspectivas. Por una parte, los padres y madres que se empeñan en continuar haciendo los mismos planes que cuando no tenían hijos y, por lo tanto, esto desencadena una situación incómoda para los presentes, para los hijos y para ellos mismos. Por ejemplo, imaginemos unos padres que se llevan a su hija o hijo a una cena de amigos en un restaurante y pretenden que se esté calladito y sin molestar hasta que vuelvan a casa. Si el niño en cuestión no es capaz de dormir como un lirón mientras los adultos cenan, hay muchas posibilidades de que esto acabe con gritos, llantos y los de la mesa de al lado diciendo: “Si no saben salir con niños, se hubieran quedado en casa”.

Para estas madres y padres que piensan que tener hijos es blanco o negro, no tener vida social o llevarse a los niños a todas partes, un mensaje: podéis tener vida social incluso teniendo hijos. La clave aquí reside en saber adaptar los planes, como nos contaba el psicólogo Alberto Soler en una entrevista que le hicimos: “Hay parejas que piensan que tener un hijo no les va a cambiar la vida, esperan poder seguir manteniendo las mismas aficiones y hábitos, pero siendo uno más en casa. Y eso es muy difícil. Antes o después se dan cuenta y se acaban adaptando a esa nueva situación, pero a veces el proceso es un poco complicado y puede implicar alguna que otra discusión”.

Por lo tanto, el primer paso es, sin duda, reflexionar sobre esto y poco a poco ir adaptando nuestros planes.

Ni es hiperactivo, ni es muy malo: es un niño

Otra de las perspectivas desde las que abarcar este tema es esta manía que tenemos cuando nos desesperamos de echarle la culpa al niño o la niña. “¡Mira que eres malo! No se puede salir de casa contigo” o “esta niña nos ha salido hiperactiva, no hay manera de que se esté quieta”. Puede que en algún caso realmente la niña sea hiperactiva, pero en la mayoría de los casos no es así, simplemente se trata de niños y niñas a los que les resulta muy complicado pasarse horas sentados, callados y escuchando conversaciones de adultos. ¡Cosa completamente normal tratándose de niños!

Alberto Soler también nos contaba en otro artículo que “nuestra tolerancia a las conductas inadecuadas de los niños ha bajado. Vemos como patológicas conductas que forman parte de la infancia: el activo es hiperactivo, el despistado es inatento, el perezoso tiene fracaso escolar. No es que no existan estas u otras patologías, lo que sucede es que su verdadera incidencia está muy por debajo de la percepción social (y de los diagnósticos)”.

Así que el segundo paso es desterrar estas creencias, que en la mayoría de los casos son falsas, y aceptar que hay determinadas situaciones en las que no podemos pretender que nuestros hijos e hijas se mantengan calladitos y sin moverse durante horas. ¡Y dejar de utilizar esas etiquetas con ellos! Pues como ya sabemos, el uso de etiquetas como “qué malo eres” no hacen más que limitar a nuestros hijos y que ellos lo asimilen como una realidad de su personalidad.

La responsabilidad de padres y madres en el comportamiento de sus hijos

Sin embargo, el caso que os he relatado al principio de este artículo no tiene nada que ver con padres que quieren hacer planes de adultos con sus hijos -pues ocurrió en un tren- o con la tendencia a etiquetar comportamientos completamente normales en los niños. El caso del niño del tren tiene más que ver con personas adultas que no establecen límites a comportamientos que, aun siendo normales, pueden suponer una molestia para otras personas.

En este caso, era complicado pretender que un niño de 4 años se pasara todo un viaje sentadito y callado. No obstante, la solución no puede ser dejarle «a su bola» para que moleste a todos los viajeros. Tenemos que aprender a lidiar con estas situaciones, buscar alternativas para que nuestros hijos estén entretenidos y generen las mínimas molestias a los demás. Por ejemplo, los dos niños que estaban sentados en mi misma mesa habían traído libros, cartas, una revista para niños, cuadernos para colorear, auriculares para escuchar música… Iban totalmente equipados. Y en algún momento que levantaron un poco el tono de voz, su madre respetuosamente les indicó que era un tono más alto del que habían acordado y ellos lo comprendieron. Y los demás -al menos yo- tuvimos ganas de aplaudirles a los tres.

Así pues, el comportamiento del niño nos puso un poco nerviosos a los presentes, pero la pasividad de los adultos que le acompañaban fue lo que realmente hizo que nuestra paciencia se tambaleara. “Después de este viaje estoy considerando seriamente la ligadura de trompas”, comentaba de broma una joven que viajaba en el mismo vagón. Nos sacó media sonrisa a los que la oímos.

Por último, tenemos que tener en cuenta que, aunque a veces planeemos mil cosas para que estén entretenidos, puede que no nos funcione e igualmente nuestro hijo nos monte una escena en un lugar público. Pero nuestra manera de reaccionar ante esta escena será determinante, pues establecer límites no solo hará que aprendan a comportarse en determinadas situaciones, sino que además demostrará que sentimos respeto por las personas que comparten espacio con nosotros en ese momento. Y, como ya sabéis, no hay mejor manera de educar a nuestros hijos e hijas que dándoles un buen ejemplo.

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Sobre el autor

Marina Borràs
Marina Borràs
Cuando era pequeña me sentaba a diez centímetros de la televisión para ver las noticias todas las mañanas antes de ir al cole. Cuando crecí un poco, se dieron cuenta de que la razón por la que me acercaba tanto al televisor era porque necesitaba gafas, aunque yo prefiero pensar que por aquel entonces ya había encontrado mi pasión: de mayor quería ser periodista. Y así fue. Estudié periodismo y comunicación política principalmente porque me apasiona escribir, siento la necesidad de hacer llegar a la gente temas que considero importantes y no consigo estar callada ni cuando duermo. Y además, creo firmemente que el periodismo es educación y la educación es política, por eso entiendo estos tres ámbitos como piezas clave que deben ir entrelazadas para conseguir, entre todos, la mejora de nuestra sociedad.