Mi hijo es un santo
Cómo hablar de política con nuestros hijos

Reflexiones: educar en la solidaridad

Una discusión de dos ejecutivos respecto a un tema, en el que se dirimía la conveniencia o no de comprometerse con una ONG, se intentó zanjar, por parte de uno de ellos, con la siguiente frase:

“Nuestro compromiso con esa organización se llevará a cabo siempre y cuando se den los resultados positivos. Porque a mi entender, la solidaridad bien entendida empieza por uno mismo”.

La otra parte argumentó con contundencia y algo de ironía:

“No sabes cuánto te agradecemos que nos hagas conocedores de tu filosofía que, por cierto, no compartimos. Nuestro compromiso es un compromiso irrevocable con niños africanos muy desfavorecidos a los que vamos a alimentar y educar, darles una puñetera oportunidad en la vida, algo que todos nosotros hemos disfrutado multiplicado por cien. Si tenemos que sacrificar parte de nuestros recursos, ocio, viajes… lo haremos sin dudarlo. La solidaridad empieza con el compromiso con los demás”, y así zanjó su intervención de forma brillante y convincente.

Fui espectador privilegiado de esta conversación que, afortunadamente, se saldó victoriosamente para los que defendían la necesidad de comprometerse con los más desfavorecidos y no creían que la solidaridad bien entendida empezara por uno mismo, sino que la única forma de entender la solidaridad es pensar y actuar en favor de aquellos que lo necesitan.

Sé que la persona que expuso el argumento inicial, aquel que condicionaba la aportación a la ONG, es madre de hijos adolescentes, y supuse que esa frase sería –lógica y coherentemente– utilizada para explicarle a sus hijos por dónde empieza la solidaridad: por uno mismo. Es decir, que para ser solidarios con los demás, primero has de serlo contigo mismo.

Pero esto no es como el amor, que para poder querer bien a los demás es importante forjar una autoestima fuerte. En la misma definición de solidaridad ya se especifica la “adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos”. Por lo tanto, la frase pronunciada por esta madre, a pesar de su intención, no reflejaba el significado de solidaridad, sino de egoísmo. Pues realmente quería decir «ser solidario está bien siempre y cuando yo obtenga cierto beneficio de ello».

Y pensé, una vez más, en el maravilloso poder que tenemos cada uno de nosotros cuando educamos a nuestros hijos. Los adolescentes probablemente repetirán durante su vida esa misma sentencia que, presumiblemente, su madre habrá utilizado también en el ámbito familiar.

Esa frase, ese pensamiento, resume una forma de entender la vida y las relaciones con los demás. Sin embargo, como dijo Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”, pero esto solo será una realidad en la medida que madres y padres eduquemos a nuestros hijos con ese propósito: el de cambiar – a mejor – el mundo y les enseñemos que, en nuestros actos cotidianos, reside esa posibilidad.

Relacionado con la solidaridad, prefiero mucho más un fragmento de la canción Corazón Partío de Alejandro Sanz, que nos demuestra lo difícil que nos resulta compartir de verdad:

“Dar solamente aquello que te sobra
nunca fue compartir, sino dar limosna, amor
si no lo sabes tú, te lo digo yo”.

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Sobre el autor

Leo Farache
Leo Farache
Nacido en Madrid, de la añada del 63. Su vida profesional ha estado ligada al mundo de la comunicación, gestión, marketing. Ha dirigido algunas empresas y escrito tres libros (“Los diez pecados capitales del jefe”, “Gestionando adolescentes”, “El arte de comunicar”). Ha ejercido de profesor - “una profesión que nos tenemos que tomar todos más en serio” – en la Universidad Carlos III, UAM y ESAN (Lima) en otras instituciones educativas. Es padre de tres hijos y ha encontrado en la educación su elemento. Fundó en 2014 la empresa Educar es todo desde donde opera la iniciativa Gestionando hijos que tiene como objetivo ofrecer ideas e inspiración educativa a madres y padres que quieren saber más para educar mejor.